El mundo es de los que no tienen que ganárselo, por Rocío Solís
«Si al que hizo las estrellas y nos enseñó a mirar los lirios del campo, le importamos tanto, qué otro reconocimiento necesitamos», escribe Rocío Solís, Coordinadora de Instituto John Henry Newman de la Universidad Francisco de Vitoria.
La humildad es uno de los caminos de liberación que mejor salen a cuenta. Esta virtud, con tampoco caché en la propuesta posmoderna de ser “la mejor versión de uno mismo”, es, sin embargo, la clave de bóveda de muchas otras. León XIV la desengranó bien en la audiencia general del 8 de octubre de 2025 relacionándola con la presencia de Jesús resucitado ante sus amigos.
El Santo Padre parece reflejar bien esta virtud de la humildad en lo que hemos podido conocer de su pontificado, en sus formas y en sus palabras, que siempre nos llevan a un lugar más profundo y más pacífico, más evangélico. En esa audiencia nos señala que la humildad de Jesús es un aspecto sorprendente de la resurrección porque el Señor resucitado no hace nada espectacular para imponerse a la fe de sus discípulos, al contrario, se acerca como un hombre hambriento que pide compartir un poco de pan, que prepara comida en la orilla.
Ningún amigo le reconoce al principio, es el jardinero, un forastero, un transeúnte que está a por uvas para los de Emaús. El Señor del universo podía haberse presentado diciendo “¡lo ves!” al grito de cualquier madre del mundo, y, sin embargo, sigue aguantando que no nos enteremos de su poder. Está liberado del éxito. No necesita reconocimientos. No tiene ninguna tentación de justificar todos sus actos.
Si pudiéramos vivir así ¡qué libertad! Vivir de la verdad de las cosas, no de su parecer ni de su apariencia. Precisamente en esto pone su énfasis León XIV para educarnos la mirada: “La resurrección no es un giro teatral, sino una transformación silenciosa que llena de sentido cada gesto humano”.
Este hecho nos permite confirmar que toda la realidad es positiva, porque todo está transformado silenciosamente desde dentro por Aquel que ha venido de la muerte con vida. Decir esto es poder exclamar que la muerte, y todas sus derivadas como la irrelevancia, el fracaso, la tiniebla, la humillación, el mal, la injusticia, no tienen la última palabra. Pero no porque nosotros gritemos más fuerte sino porque el que lo todo puede lo ha decidido así. Nosotros solo recibimos el don.
Vivir desde ahí nos permite vivir a fondo y a pleno pulmón. Porque la humildad lejos de ser el “yo no hablo por no molestar” o el “soy poquita cosa” es todo lo contrario: yo soy tan digno de esta historia de salvación que no necesito subrayarme, ni hacer que nadie me tenga en cuenta, soy libre de estas medidas.
Toda la vida se pondrá entonces al servicio de gozar, acoger y gloriar la existencia. Porque resucitar, según el Papa León, no es convertirse en espíritus evanescentes sino entrar en una comunión más profunda con Dios y los hermanos, en una humanidad transfigurada por el amor.
Y esa realidad transfigurada permite que todo sea susceptible de ser diálogo con el Misterio, cada minuto es Gracia, anticipación del Reino, el ciento por uno. Pero aquí el Papa hace una parada técnica y nos advierte que esta alegría aún tiene heridas, y que pretender que se esfumen con la Buena Nueva es no haber entendido el pasaje de Emaus; donde Jesús con paciencia les ayuda a comprender que el dolor no es la negación de la promesa, sino el signo de la grandeza del amor.
Vemos como Jesús resucitado sigue educando y amando, sigue yendo a los corazones torturados y desconfiados, sigue humillándose ante el que no cree y no entiende aún la travesía de la resurrección. León XIV hace la síntesis entre la humildad y la humillación, la raíz es la misma: somos criaturas, necesitamos del Padre, y es el Hijo quien viene a mirarnos con ternura y restaurar nuestro corazón.
Para poder abrir los ojos ante esto y ver, necesitamos desprendernos de nuestra medida de las cosas, de nuestro juicio implacable, de nuestra autosuficiencia, necesitamos la humildad de podernos sorprender aún de todo cuanto existe. Vivir así es un regalo.
No se trata de utopía sino de la certeza de que para el resucitado “nada de lo que somos, ningún fragmento de nuestra existencia le es ajeno”. Si al que hizo las estrellas y nos enseñó a mirar los lirios del campo, le importamos tanto, qué otro reconocimiento necesitamos. Ha vuelto para que podamos vivir.
El mundo es de los humildes. No es un deseo, es lo que sucede de verdad. Porque los humildes tienen la gracia de reconocer algo distinto a su sombra y entonces, heredan la tierra.