Vuestro altar es el aula, por Armando Pego Puigbó
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Vuestro altar es el aula, por Armando Pego Puigbó

Tercera entrega de "EntreLíneas", firmada en esta ocasión por Armando Pego, Catedrático de Humanidades. Director Académico del Programa de Doctorado en Filosofía de la Facultat de Filosofía La Salle, Universidad Ramón Llull (Barcelona).

Por Armando Pego Puigbó , Catedrático de Humanidades

Tras su entronización como Papa y entre sus primerísimos discursos, León XIV se dirigió a los Hermanos de las Escuelas Cristianas con motivo del tricentenario de la bula de aprobación pontificia del Instituto fundado por S. Juan Bautista de La Salle (1651-1719) y del septuagésimo quinto aniversario de la proclamación de este como «Patrono celestial de todos los educadores». 

La red lasaliana, que, además de escuelas, incluye universidades y obras socioeducativas extendidas por todo el mundo, está formada por laicos que, juntos y por asociación, no se han contentado desde sus orígenes con ejercer simplemente el oficio de maestros. Se llaman a sí mismos «hermanos» con una misión específica: construir comunidades de tipo educativo al servicio especialmente de los más desfavorecidos. El carisma fundacional establecía la enseñanza gratuita a cualquier clase social utilizando un método pedagógico innovador que ha marcado la historia de la educación católica.

León XIV recuerda estos rasgos a sus miembros para esbozar, aunque sea de una manera en apariencia circunstancial, algunos de los ejes que caracterizan su magisterio. Dice el Papa concretamente: «quisiera detenerme a reflexionar con ustedes sobre dos aspectos de su historia que considero importantes para todos nosotros: la atención a la actualidad y la dimensión ministerial y misionera de la enseñanza en la comunidad».

En primer lugar, la Iglesia no es la suma de sus carismas. Como enseña S. Pablo cada uno de ellos se constituye «para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef. 4,12). El Cuerpo místico no resulta de un engranaje que equilibra sus partes, sino que, bien integradas, «realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia Él, que es la cabeza: Cristo» (Ef 4,15).

En segundo lugar, como buen agustino, el Papa León posee un fuerte sentido escatológico de la historia. Medita la Tradición desde las exigencias de la actualidad para que pueda iluminarla con fidelidad a Quien es la fuente de su búsqueda inagotable. 

La educación de la juventud es un terreno privilegiado en una época como la nuestra. Cuanto mayores son las incertidumbres políticas, morales y tecnológicas que la acechan, tanto más está necesitada de una esperanza compartida y fraterna que colme sus anhelos de plenitud.

Por último, si la educación consiste en caminar juntos acompañando en la búsqueda de la Verdad movida por el Amor, León XIV sitúa este cuidado también en su dimensión litúrgica. Mediante la práctica activa y mutua de la caridad, enseñar y aprender consisten también en celebrar. En el discurso que nos ocupa, el Papa señala que el carisma de la escuela seguido con la radicalidad lasaliana, tal como el magisterio del Concilio Vaticano II recoge, «aparece aún hoy como una de las expresiones más bellas y elocuentes de ese munus sacerdotal, profético y real que todos hemos recibido en el Bautismo». 

El Papa León no encuentra mejor manera de expresar el entretejido del bien, la verdad y la belleza del modelo de comunidad educativa dirigida a la edificación y santificación de todos sus miembros que una frase que atribuye a S. Juan Bautista de La Salle. En ella se sintetiza el mensaje de su discurso y también una de las maneras más altas de ejercer su oficio petrino: «Vuestro altar es la cátedra».

 

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