Un papa que pide ayuda, por Diego S. Garrocho
Arrancamos "EntreLíneas"; una sección para reflexionar sobre el Papa y su Magisterio. En la primera entrega contamos con una tribuna de Diego S. Garrocho, Vicedecano de Investigación de la Facultad de Filosofía y Letras Universidad Autónoma de Madrid. Presidente del consejo académico de Ethosfera. Columnista en El País, colaborador en COPE.
La paz. Esa fue la primera palabra de León XIV cuando fue nombrado papa en un mundo en guerra. Una paz que apela al saludo que todavía persiste en hebreo y en árabe. Una paz, ahora y entonces, que se encuentra amenazada. No hará falta explicar en sede cristiana cuál es el valor que tienen las palabras, ni cuál es el rango especial con el que se elige una primera palabra. La palabra del principio.
“No le dejemos solo. No ahora, que viene de visita. Tampoco en la misión de la paz, la esperanza y la palabra. En lo que atañe, por supuesto, a las grandes causas del mundo. Y en aquella guerra pequeña y cotidiana que nos sale al paso. Cada día.”
La palabra fundacional es aquella que por definición va delante de todas las demás y que las hace posible. Es una palabra prologal. Un lógos antes de cualquier otro lógos. Por eso, inmediatamente después, el papa León advirtió que esa paz, desarmada y desarmante, es la paz de Cristo resucitado.
En su primer discurso desde el balcón de San Pedro, el papa que ahora nos visita hizo casi como Blas de Otero: pidió la paz y la palabra. En medio del año jubilar que nos hizo peregrinos de la esperanza, León XIV advirtió con fe y con confianza —que etimológicamente son lo mismo— que el mal no prevalecerá. Las palabras inspiradas, hagan memoria, hablan siempre hacia el futuro.
Pero fue revelador, y aquí se destaca un signo o un rasgo de su magisterio, el que en aquel primer discurso hiciera como después tantas veces y pidiera ayuda. Ayudadnos también vosotros, nos dijo, a construir puentes con el diálogo. A construir puentes, podría haber dicho, con la palabra y a través, otra vez, de la palabra. Una palabra que nunca debe ser mera retórica, sino acción que promete y que transforma el mundo. Los franceses tienen suerte al poder distinguir mot y parole.
Un líder que pide ayuda, y Provost lo hará más veces, también por boca del cardenal Parolin, que nos pide que no le dejemos solo, es un líder paradójico, extraño y casi contradictorio. Pero en el cristianismo casi todo lo que importa lo es, puesto que en la reunión de contrarios, esa coincidentia oppositorum que tanto interesara a los teólogos y a los filósofos, habita una verdad que es capaz de abarcarlo todo.
Pero además esa lógica paradójica y contradictoria es casi una impugnación de las reglas que rigen el mundo. Volvamos al Evangelio de Juan para recordar, otra vez, que Jesús se dirigió a aquellos que están en el mundo pero que no son, o no exactamente, del mundo. El magisterio de Provost sigue en su humildad la lección de aquel que, en contra de toda la iconología imperial y guerrera, no cabalgó un caballo ni portó estandartes militares. Jesús llegó a Jerusalén montado en una humilde borriquilla y en imagen lo adoramos, tantas veces, en su condición de Niño. Pocas cosas hay más vulnerables que un bebé, pero la fe católica confía en la infinita potencia de quien pareció impotente.
Por eso, un papa que pide ayuda no es un papa débil. Es un papa que recuerda que la Iglesia no se sostiene sobre un hombre solo, sino sobre un pueblo. Sobre la Ekklesia, la comunidad. Sobre una pobre colección de incapaces que, juntos, adquieren la habilidad de sostener una misión que los supera. Una catedral no la construye un hombre solo, sino varias generaciones.
Hay más poder en el ruego que en el imperativo, por lo que deberíamos hacer caso al papa. No le dejemos solo. No ahora, que viene de visita. Tampoco en la misión de la paz, la esperanza y la palabra. En lo que atañe, por supuesto, a las grandes causas del mundo. Y en aquella guerra pequeña y cotidiana que nos sale al paso. Cada día.
Un papa que pide ayuda también exige, precisamente porque nos devuelve la responsabilidad. Sería más cómodo un líder que mandara, que absolviera, que zanjara. Uno al que solo debiéramos escuchar. Pero León XIV nos hace cómplices. No dejarle solo es algo más que una fórmula de cortesía: es, si lo aceptamos, una forma de compromiso.