León XIV y la esperanza de la educación, por José María Torralba
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León XIV y la esperanza de la educación, por José María Torralba

Segunda publicación de "EntreLíneas"; una sección para reflexionar sobre el Papa y su Magisterio. En esta ocasión contamos con una tribuna de José María Torralba, Catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Navarra y director del Centro Humanismo Cívico para estudios sobre el carácter y la ética de las profesiones, en el Instituto Cultura y Sociedad.

Por José María Torralba, Catedrático de Filosofía  

@JoseMTorralba

En su Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, León XIV recuerda que la educación “ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad cristiana”. Enseñar a quien no sabe es, en cierto modo, la obra de misericordia decisiva: uno de los mayores servicios que se pueden ofrecer a otra persona. Por eso, la docencia constituye una de las vocaciones más nobles y necesarias en toda sociedad, aunque también una de las más exigentes.

El Papa subraya que el educador asume una responsabilidad que “va más allá del contrato de trabajo”: se trata de una tarea profundamente humana. “El testimonio del educador vale tanto como sus lecciones”, afirma. Quien enseña no solo transmite conocimientos, sino que acompaña el crecimiento personal de los jóvenes en etapas decisivas de su vida, ayudándoles a configurar su identidad y su modo de estar en el mundo.

Quien enseña no solo transmite conocimientos, sino que acompaña el crecimiento personal de los jóvenes en etapas decisivas de su vida, ayudándoles a configurar su identidad y su modo de estar en el mundo.

La Carta presenta la historia de la educación católica como “la historia del Espíritu en acción”. En el corazón del catolicismo se encuentra la idea de tradición: recibimos un legado que estamos llamados a transmitir. No se trata solo de información, sino de una manera de vivir y de estar en el mundo. La Revelación consta de “hechos y palabras” y la Iglesia es comunidad. Las iniciativas educativas inspiradas en el Evangelio introducen a los jóvenes en esa tradición viva. La tradición no es algo estático ni relegado al pasado; es una realidad dinámica que cada generación debe acoger, comprender y hacer propia.

Además, el cristianismo invita a todos los educadores –con independencia de sus creencias religiosas– a mirar más allá, a plantearse las grandes preguntas sobre el sentido de la vida. Sin esta búsqueda, la educación se reduciría a una función del mercado o de los valores dominantes de cada época. En cambio, la verdadera tarea educativa consiste en despertar en los jóvenes el deseo de lo que merece la pena en la vida, ayudándoles a descubrir su vocación y la grandeza a la que están llamados, una llamada que, en último término, encuentra en Cristo su plenitud.

El algoritmo no podrá sustituir la poesía

Probablemente una de las frases que más se recordarán del documento es que “ningún algoritmo podrá sustituir lo que hace humana a la educación: la poesía, la ironía, el amor, el arte, la imaginación”, porque los afectos y la creatividad constituyen rasgos específicamente humanos, de los que carecen las máquinas. En un mundo cada vez más digital, es necesario proteger la educación de sus sucedáneos. León XIV recuerda que la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil, pero nunca podrá reemplazar la esencia del acto educativo. La educación, en su sentido más genuino, consiste siempre en el “cuidado del alma”, como ya enseñaba Sócrates, también citado por León XIV. En la misma línea, san Agustín recuerda en De magistro que, al aprender, “no consultamos al que habla fuera, sino a la verdad que enseña dentro”, aludiendo al maestro interior o Cristo. Sin esa dimensión profundamente humana, incluso la enseñanza más técnica pierde su sentido.

La Carta se publica con motivo del 50º aniversario de Gravissimum Educationis, el documento del Concilio Vaticano II sobre la educación. Ambos textos recuerdan que la familia es la principal responsable de la educación, con la que colaboran las demás instituciones. Al Estado corresponde una función subsidiaria: garantizar el acceso a la educación, la igualdad de oportunidades y la protección de los menores. El Vaticano II lo formuló en estos términos: debe evitarse “cualquier monopolio de las escuelas” por parte del Estado.

León XIV recuerda que “la escuela católica no (…) es simplemente una institución, sino un entorno vivo en el que la visión cristiana impregna todas las disciplinas y todas las interacciones”. Lógicamente, no se trata de violentar los métodos propios de cada área del saber, sino de recordar siempre el carácter unitario de la realidad y que la dimensión espiritual forma parte de ella. La fragmentación de los saberes –por ejemplo, en asignaturas– resulta útil para la organización docente, pero conlleva el riesgo de transmitir una visión parcial o incompleta de la realidad. La ventaja de las instituciones de ideario católico es que cuentan con una perspectiva integradora. Se trata de la conocida idea de san John Henry Newman: toda institución educativa necesita cultivar la teología como saber acerca de las preguntas últimas. En su ausencia, otro saber vendrá a ocupar ese lugar jerárquicamente último.

“La profesionalidad esté impregnada de ética, y que la ética no sea una palabra abstracta, sino una práctica cotidiana”.

En el actual contexto educativo, resulta de especial actualidad el deseo expresado por León XIV: que “la profesionalidad esté impregnada de ética, y que la ética no sea una palabra abstracta, sino una práctica cotidiana”. La ética profesional es con frecuencia una disciplina olvidada, ausente de los planes de estudios. Sin embargo, resulta esencial para la visión educativa de la Iglesia, que propone también a las instituciones seculares. Para ser un buen profesional se requieren principios como la justicia, la honestidad o el cuidado del otro, junto con virtudes como la compasión, la humildad o la sinceridad. En definitiva, la profesión posee una ineludible dimensión de servicio: no es solo un medio de sustento económico o reconocimiento personal, sino también una de las mejores maneras de contribuir a la solución de los problemas sociales. Despertar este sentido de responsabilidad en los jóvenes constituye una de las mayores aportaciones que pueden realizar las instituciones educativas. Esta visión de la educación abre horizontes de esperanza.

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