¿Quieres curarte? Contra el victimismo: Alzad la mirada, por Tania Alonso Saiz

¿Quieres curarte? Contra el victimismo: Alzad la mirada, por Tania Alonso Saiz

Profesora en el Departamento de Estudios Educativos de la Universidad Complutense de Madrid. Doctora en Educación Cum Laude, Mención Internacional y Premio Extraordinario de Doctorado, con la tesis “Identidad docente en el siglo XXI”

Una de las preguntas más incómodas del evangelio se la hace Jesús al paralítico que llevaba treinta y ocho años postrado: “¿Quieres curarte?” (Jn 5,6). Y todos pensamos: ¡Cómo no! 

Sin embargo, treinta y ocho años dan para mucho. Dan para acostumbrarse al dolor, para domesticar la frustración, incluso para hacer del lamento la zona de confort. Como canta Vetusta Morla, “fue tan largo el duelo que al final, casi lo confundo con mi hogar”. Y es que hay heridas que, si no se vigilan, dejan de doler… no porque hayan sanado, sino porque nos hemos identificado con ellas.

En el ciclo de catequesis del Jubileo 2025, el Papa León XIV retomó este pasaje para hablar de una parálisis muy contemporánea: la de quienes viven tan pendientes de sus males que han reducido incluso el deseo de sanar. No pueden ver más allá. Dice el Papa: “A veces preferimos permanecer en condición de enfermos, obligando a los otros a ocuparse de nosotros. Es a veces también un pretexto para no decidir qué cosa hacer con nuestra vida”.

Este ciclo, iniciado por el Papa Francisco y concluído por León XIV, recorrió distintos encuentros sanadores de Jesús: Bartimeo, el paralítico, la hemorroísa, la hija de Jairo y el sordomudo. Todos marcados por la misma experiencia: ‘Cambiaste mi luto en danza’ (Sal 30, 12). Al hilo de estos, el Papa invita a huir del victimismo, a alzar la mirada, a no darnos tanta pena de nosotros mismos y a no caer en la cultura del destino fatalista.

La escena evangélica es reveladora. Jesús llega a Jerusalén, pero no entra primero en el templo. Se detiene junto a la piscina de Betesda, donde se hacinan enfermos y excluidos esperando un milagro. Era un lugar de sufrimiento, pero también de competencia feroz: pobres contra pobres, enfermos contra enfermos, intentando llegar antes al agua que supuestamente curaba al primero que se sumergiera.

Cuando Jesús pregunta al paralítico si quiere curarse, este no responde directamente. En lugar de expresar un deseo, se justifica: “No tengo a nadie que me meta en la piscina”. El hombre desplaza el problema hacia fuera: las circunstancias, la mala suerte, los demás. Probablemente estaba solo de verdad, pero en ese momento tenía delante a alguien que ya había llegado para ayudarle. ¡Y qué alguien! Sin embargo, seguía atrapado en el relato de su desgracia. Citando a San Agustín, el Papa apunta que si “ha venido por lo tanto el hombre que era necesario; ¿por qué postergar de nuevo la sanación?”. 

Así, León XIV señala que Jesús no pregunta “¿qué te hicieron?” ni “¿quién tiene la culpa?”, sino “¿quieres curarte?”. Es una invitación a salir de la queja permanente y mirar lo que le estaba sucediendo en el presente. 

Esta actitud también puede aparecer en la vida de la Iglesia y de las personas creyentes: un discurso excesivamente centrado en las heridas, en lo que falta o en el análisis continuo de los propios problemas, hasta caer en una especie de parálisis espiritual. Frente a ello, resuena con fuerza la invitación evangélica que acompañará la visita del Papa a España: “Alzad la mirada” (Jn 4,35). Levantar los ojos no significa negar las heridas, sino dejar de absolutizarlas. Significa reconocer que hay algo más grande que ellas. Algo que está delante de ti. 

Además, vemos que Jesús no solo pregunta; también ordena: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. Es una frase desconcertante. Porque la camilla —aquello que simbolizaba su enfermedad— no desaparece. La carga sigue ahí. Pero ya no lo define. Ahora es él quien la lleva, no ella a él. Dice León XIV: “¡puede decidir qué cosa hacer con su historia! Se trata de caminar, asumiendo la responsabilidad de escoger qué camino recorrer”. 

La vida es también una cuestión de camino. De qué hacemos con lo que nos ha tocado. De no pararnos. De cómo jugar el partido de la vida con las dimensiones de nuestro estadio de fútbol. Y de estar atentos a aquello que sale a nuestro encuentro. 

En definitiva, el Papa invita a no respirar por la herida, a no postergar la sanación, a salir del victimismo, a seguir el lema del viaje apostótilico: alzar la mirada, recorrer el camino y dejar que Otro cambie nuestro luto en danzas. 

 

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