León XIV despide España frente al Atlántico: «¡Abran a todos este mar de amor!»
León XIV ha puesto el punto final a su viaje apostólico a España con una misa al borde del mar, en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Fue en la solemnidad del Sagrado Corazón, ante un Atlántico que durante estos días ha estado en el centro de su mensaje, camino y herida de un pueblo. Y en su último acto en suelo español dejó al mundo el lema que ha vertebrado toda la visita: «¡Alzad la mirada!».
Autor: Bernabé Villalba
Fotografías: Dicastero Per La Comunicazione / Autor: EFE/Ramón de la Rocha / EFE/Miguel Barreto
La misa se celebró sobre el muelle, allí donde durante siglos han partido y llegado barcos, y donde hoy siguen cruzándose tantas historias. Frente al altar se abría el Atlántico como un telón, y bastaba mirarlo para intuir de qué iba a hablar el Papa.
Porque ese mismo mar que evoca a Pedro y a los primeros discípulos, pescadores que un día remaron mar adentro, es también el que trae sobre las olas historias de miedo, de esperanza y de supervivencia. En las costas canarias se conocen bien. Por eso emocionaba ver entre los fieles a tantos peregrinos venidos de El Hierro, la isla que más de cerca ha sentido el drama de la ruta atlántica.

Sobre el escenario presidía la Virgen de Candelaria, la que, según la tradición, encontraron los guanches (los antiguos pobladores de Tenerife) y que desde entonces es madre de todos los canarios. La rodeaban plantas autóctonas de las islas, un recuerdo sencillo de las raíces de esta tierra. Entre esas raíces y el mar abierto se preparó el último acto del viaje.
Cuando llegó León XIV, sonó «Alza la mirada», el himno de estos días, precedido por el tambor y las chácaras: una bienvenida que al Papa ya debía sonarle familiar. Mientras el Papa avanzaba hacia el altar, el océano seguía allí, al fondo, como testigo.
El corazón de la historia
En la homilía, León XIV habló del Corazón de Jesús, «el corazón de la historia». Dijo que el mar evoca el infinito, pero que aún más grande es el deseo que une el corazón de Dios con el de cada persona. Y en el archipiélago dejó una frase que resonó: «Ningún ser humano es una isla». Hemos nacido para encontrarnos, recordó, y nadie está nunca del todo quieto, porque en el fondo del corazón siempre hay una llamada a salir al encuentro del otro. «Hay vida cuando se da vida», resumió.
Después habló de la riqueza de los pobres. A los más pequeños, a los que nadie tiene por importantes, es a quienes Dios se revela, y por eso pidió aprender a mirar de otra manera: dejarse evangelizar por aquellos a quienes se ayuda, descubriendo en ellos una sabiduría que muchos han perdido. En unas islas que son puerta de tantos que llegan huyendo, sus palabras tocaron de cerca.

No olvidó tampoco la otra cara de Tenerife, la del turismo. Pidió no reducirlo todo a «comercio y beneficio» y volver a valorar a cada persona y cada cosa, a disfrutar de lo sencillo. Y lo cerró con una imagen que lo resumía todo: «¡Abran a todos este mar de amor!».
«¡Alzad la mirada!»
Al terminar la misa llegó el momento más emotivo. «Con esta celebración concluye mi viaje apostólico a España», anunció el Papa. Dio gracias por cada etapa (Madrid, Barcelona, Montserrat y Canarias) y confesó que volvía a Roma «conmovido por el gran afecto» con que le habían recibido.
Entonces reparó en un detalle lleno de sentido: el puerto que lo acogía se llama de la Santa Cruz. Desde allí, dijo, su pensamiento volaba al mundo entero y a sus heridas. Y repitió, por última vez en España, el lema de su viaje: «¡Alzad la mirada!». Mirar a Cristo en la cruz, fuente de misericordia; mirar como miró María, madre de todos los que sufren; y, con ella, volver a caminar con esperanza.
Y así, el primer Papa que pisó Canarias se despidió pidiendo lo mismo a quienes se quedaban en la orilla y a quienes un día llegaron por el mar: que levantaran la mirada.
